The Simpsons®

Estimados lectores del Club del Arbitraje:

No he estado vivo por muchos años.

Pero, en los pocos años que llevo de vida, he tenido la suerte de contar con muy buenos mentores.

Precisamente, en estos días, me encontraba tomándome un café con uno de ellos y me hizo la siguiente pregunta:

¿Alguna vez te has preguntado por qué pagamos más a un cirujano que a un mecánico?

A mí, como me imagino que le pasará a muchos de ustedes, la pregunta me pareció extraña. Sin embargo, vale la pena detenerse un momento y analizarla.

Ambos trabajos, en naturaleza, son similares. Ambos se especializan en arreglar sistemas complejos, con múltiples piezas interconectadas cuya mala operación puede derivar en daños mayores.

La diferencia está en las condiciones en las que operan.

Uno puede darse el lujo de apagarlo todo antes de empezar a trabajar. El otro tiene que intervenir mientras el sistema sigue funcionando.

Ahí está la complejidad.

Para uno, detener el sistema forma parte del procedimiento. Para el otro, detenerlo implica que algo salió mal.

De igual forma, en nuestras carreras y vidas personales, nos vemos en la obligación de operar con el motor en marcha.

Debemos manejar relaciones nuevas sin empeorar las que tenemos, asumir nuevas responsabilidades sin descuidar las anteriores, cuidar a nuestros amigos sin dejar de lado a nuestra familia.

La vida es una secuencia constante de ajustes sobre un sistema que no se detiene.

Abrir espacio para lo importante

Cuando uno entiende que no puede detener el sistema, aparece la pregunta:

¿Cómo hago espacio para cambiar algo?

La mayoría de las personas sienten que no tienen espacio. Que todo es urgente o que cualquier problema exige atención inmediata.

Es una sensación común.

En mi caso, la conozco bien porque la he vivido muchas veces. La urgencia suele aparecer cuando no hay suficiente orden para anticipar lo que viene.

La urgencia no es una propiedad de las cosas. Es la forma en la que las terminamos experimentando cuando no las vemos con tiempo.

Cuando no hay estructura, todo compite por atención al mismo nivel.

El primer paso, entonces, no es hacer más. Es identificar qué realmente importa dentro de esa lista de cosas que parecen igual de urgentes.

Ese ejercicio te permite ver:

Qué tareas sostienen otras cosas.
Qué tareas pueden esperar.
Qué tareas, si no se hacen hoy, no cambian el resultado.

Sin ese ejercicio, todo se mantiene en el mismo plano.

El orden como punto de partida

Con el tiempo, uno empieza a notar que el orden no es un tema estético, sino que realmente tiene efectos prácticos.

El orden permite ver lo que viene antes de que se convierta en urgente. Permite distribuir el tiempo con mayor anticipación y reducir la cantidad de decisiones que se toman en el momento.

Esto aplica para el trabajo, pero también para el dinero.

Cuando no hay orden, el tiempo se fragmenta, el dinero se diluye y las decisiones se toman en reacción a lo que aparece.

Cuando hay orden, aparecen espacios.

No porque el día tenga más horas, sino porque se reduce la fricción.

La sensación de estrechez (de tiempo, de dinero, de capacidad…) suele estar relacionada con esa falta de estructura.

Cuando uno empieza a ordenar, esas restricciones se vuelven más visibles y, en muchos casos, más manejables.

Cómo se crean los espacios

Una vez todo está ordenado, es momento de identificar y construir los espacios.

A veces implica dejar de hacer cosas que ya no aportan.
A veces implica reorganizar horarios.
A veces es tan simple como decidir en qué momento se hace cada cosa y respetarlo.

Debes defender tus espacios como si fueran oro, porque es dentro de esos espacios donde se pueden introducir cambios sin desestabilizar lo que ya está funcionando.

Ajustar sin detener

Volviendo a la idea inicial, operar con el motor en marcha exige otra forma de pensar en los cambios.

Lo importante es saber dónde intervenir sin afectar el resto del sistema.

Esperar el momento perfecto o intentar cambiar todo de una vez casi siempre termina en inacción o resultados pobres.

En la práctica, estos ajustes suelen verse como bloques de tiempo específicos dedicados exclusivamente a: algo importante, una responsabilidad adicional o una mejora puntual sobre lo que ya haces.

Empieza en pequeño. Así es más fácil encontrar espacio.

Recuerda que lo pequeño, sostenido en el tiempo, termina generando resultados grandes.

En conclusión…

La vida no ofrece muchos momentos donde todo se detiene para empezar de nuevo.

La mayoría de los cambios ocurre mientras el resto sigue funcionando.

Entender eso lleva a organizar mejor el tiempo, a distinguir lo importante dentro de lo urgente y a construir espacios donde se puedan introducir mejoras sin interrumpir lo que ya está en marcha.

A partir de ahí, avanzar deja de depender de encontrar tiempo libre.

Y pasa a depender de cómo se utiliza el tiempo que ya existe.

Nos leemos el domingo.

Ustedes son los mejores 💙

Un fuerte abrazo.

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